¿De qué pie cojeas?

Disclaimer: This article began as a private post for my Spanish-speaking friends and family, but it quickly got out of hand because clearly I’m into all things linguistics. So I called the Linguiputians for backup, and here we are. If you aren’t fluent in Spanish (yet), this content won’t be of relevance to you, but do come back in a few years and join the change.

Hoy vamos a hablar de asuntos incómodos, como la letra “e”. Nadie se escandaliza cuando aparece al final de “botarate” o “cafre”, pero a ciertas personas les saltan las alarmas cuando se utiliza como morfema de género en aras del lenguaje inclusivo. Yo era una de esas personas.

Tras décadas de irreverentes masculinos genéricos, años de aparatosos desdoblamientos y una reticencia creciente a las equis y a las arrobas, hoy le doy a la “e” la acogida que se merece en mi esfera personal; y aquí explico por qué. Prepárate una infusión, que va para largo.

A ver qué tostón me va a soltar

Resulta que nuestra maravillosa lengua española consta de dos géneros gramaticales, el masculino y el femenino, tanto para sustantivos de referencia inerte (la silla), como para aquellos que designan a seres vivos (la niña). El género gramatical también se extiende a los pronombres, adjetivos y demás, pero vamos a quedarnos en los sustantivos porque estos ya traen faena.

Desde tiempos inmemoriales el denominado masculino genérico se ha usado en nuestra lengua para referirse tanto a seres vivos de género biológico masculino como a grupos mixtos, es decir, grupos de seres vivos de ambos sexos biológicos. Este masculino genérico es una de las muchas convenciones lingüísticas con las que crecemos y que reproducimos, al igual que nos adherimos a convenciones sociales y culturales, como vestir a las niñas de rosa y a los niños de azul.

El caso es que llega un día en el que la realidad empieza a chirriar. Como lingüista políglota y partidaria del relativismo lingüístico (Carroll, 1929), una sabe de sobra hasta qué punto la lengua influencia el pensamiento; y cómo aquello que no se nombra, no existe. Como persona que medianamente cuestiona el mundo en el que vive, una toma conciencia de que el hegemónico masculino genérico no es sino una materialización lingüística de un fenómeno social que ha estado presente durante siglos: tomar lo masculino como piedra angular, y lo femenino como la desviación (Beauvoir, 1949). Al igual que la versión de la historia que prevalece es aquella de los vencedores, la realidad siempre ha sido conceptualizada y etiquetada por aquellos grupos que han gozado de suficiente poder para imponerse y someter al resto.

¿Y el desdoblamiento, qué?

Desde hace décadas se ha utilizado la doble mención a modo de cortesía, de ahí que encontremos cartas y discursos encabezados por fórmulas fijas como “señores y señoras” o “damas y caballeros”. En los últimos años el desdoblamiento se ha introducido de lleno en la comunidad lingüística hispanohablante, en gran parte impulsado por el discurso feminista. Yo, como moderna respetable, me subí al carro de la visibilización.

Durante varios años escribí con entusiasmo esa barra diagonal que separaba lo mío de lo otro: “los/as niños/as”, “todos/as”, “ellos/as”. En el discurso oral me tomaba mi tiempo para hablar de “los niños y las niñas”, “todos y todas”, “ellos y ellas”. Ahí estábamos, yo y otras tantas más, detrás de esa barra oblicua y de esa conjunción. En un intento de rebelión, incluso me atreví a ponernos delante del morfema masculino; mis textos leían “las/os niñas/os”, a mis oyentes les llegaban las palabras “las niñas y los niños”.

Tal regocijo revolucionario llegaría a un fin al reparar en dos hechos. El primero, que el desdoblamiento, a efectos prácticos, resultaba un tanto aparatoso; en ocasiones obstaculizaba la lectura, y podía llegar a aburrir a alguna que otra audiencia. El segundo, que dividir a los seres humanos en dos categorías me convertía en parte del problema, en tanto en cuanto estaba equiparando un sistema gramatical binario a una realidad que ni por asomo es binaria, por mucho que determinados sectores se empeñen en perpetuar esa dicotomía de polos opuestos.

Así, en el intento de visibilizar a mi propio grupo, estaba dejando de lado a tantos otros. Qué le vamos a hacer, a las personas cis hetero nos cuesta ver más allá, pero estamos intentando salir de nuestra ignorancia.

Hay otras formas de ser inclusivo sin cargarse la lengua

Una de las propuestas más conservadoras – en tanto en cuanto no conlleva “cargarse la lengua”, o sea, modificarla morfológicamente – es el empleo de sustantivos genéricos y colectivos, como “la ciudadanía” o “las personas”. Esta opción está genial, dado que elimina la exclusión a la vez que se atiene a todas las convenciones lingüísticas. Sin embargo, no siempre es posible tirar de estos sustantivos tan socorridos. Tampoco tengo (aún) la destreza necesaria para recurrir a ellos con rapidez en el discurso oral. A decir verdad, el hecho de que no te hayas topado con masculinos genéricos en este artículo no es fortuito, sino el resultado de múltiples iteraciones con sus correspondientes cambios a sustantivos colectivos y genéricos. Romper hábitos no es fácil.

Otras opciones son el desdoblamiento (“los/as niños/as”) o el uso de la arroba (@) o de la equis (x) para incluir a todos los géneros. El problema con estas propuestas es que en la oralidad son impronunciables, y en la escritura presentan un obstáculo de comprensión para quienes dependen de dispositivos y de programas de lectura para acceder a la información. Puedes hacer la prueba aquí.

Así que, ¿qué nos queda? La quinta letra de nuestro abecedario parece ser la opción más inofensiva.

La “e”, un invento progre

La “e” no es ningún invento progre. Profesiones como “cantante”, “estudiante” o “dibujante” probablemente tengan siglos de antigüedad, y lingüísticamente son lexías que reflejan la herencia de los participios activos del latín. Asimismo, adjetivos que usamos a diario se valen del morfema “-e”, inmutables todos ellos en género, como “elegante”, “urgente” e “importante”. O sea, que a nadie le sorprende un/a estudiante inteligente, pero echa a correr si une alumne es liste.

De la misma manera, el género neutro en español no es nada nuevo. Se deja entrever en pronombres como “esto”, “eso” y “aquello”, que tanto nos gusta emplear como deícticos para designar a cacharros de cuyo nombre no queremos acordarnos.

Así que, si ya contamos con este morfema, ¿por qué tanta gente pone el grito en el cielo cuando se extiende al resto de sustantivos no inertes, así como a los pronombres? Creo que a estas alturas no hace falta que explique la relación entre lengua e identidad, ni la importancia del autoconcepto o la necesidad de que cada persona se defina a sí misma. Resulta curioso que un rapero se haga llamar Snoop Dogg y nadie se inmute. Ahora, una persona no binarie pide que usemos el pronombre elle, y arde Roma.

El lenguaje inclusivo es un despropósito, ¡lo dice la RAE!

El argumento más extendido en contra del lenguaje inclusivo es que la RAE lo califica de innecesario y ajeno, puesto que el genérico masculino “se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino“. Básicamente, la RAE nos dice que el morfema masculino incluye a todo el mundo mundial – de nuevo, la piedra angular sobre la que gira el sistema. Y sinceramente, ¿a quién le extraña esta línea de pensamiento?

Desde su fundación en 1713, la RAE ha contado con 475 académicos y tan sólo 11 académicas. Tuvimos que esperar más de 265 años para que la primera de ellas, Carmen Conde, ocupara uno de los sillones de esta institución en 1978. En la actualidad trabajan para la RAE 7 académicas y 37 académicos. Sólo basta fijarse en la desproporción numérica para entender quién dicta las normas. 

Tuvimos que esperar hasta 2017 para que la RAE retirase de su diccionario la entrada “sexo débil“, definido como “conjunto de las mujeres”; y hasta 2018 para que eliminara la acepción “fácil” en “aquella mujer que se presta sin problemas a tener relaciones sexuales”. ¿Alguien ha oído hablar de hombres fáciles? No hay más preguntas, señoría. 

Añaden además en su página web, con todo el desparpajo, que “es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos […]. Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones“. Es decir, que yo – según estos señores – me tengo que sentir aludida cuando se habla de “los profesores” (hay quien ni siquiera hace el esfuerzo de optar por “el profesorado” o “el equipo docente”), pero un ente masculino que se incorpora a un grupo femenino es suficiente para cambiar automáticamente las reglas lingüísticas de este juego llamado patriarcado. Y todavía algún cuñado nos dirá que vivimos en igualdad de condiciones.

El lenguaje inclusivo es antinatural

Cuando escucho este argumento supongo que se refieren a que suena raro. ¡Pues claro que suena raro! También sonaban raro “jueza”, “ministra” y “presidenta” hace 30 años, y hoy nadie pestañea.  Pero hay algo más raro y antinatural aún, y es la lengua en sí. Agárrate, que vienen curvas.

El lenguaje es un sistema de signos que se caracteriza por la arbitrariedad, es decir, que una lengua consta de signos, los cuales se componen de significante (la palabra, para que nos entendamos) y el significado (el concepto que hay detrás), y la relación entre ambos es totalmente arbitraria. O sea, que en algún momento nos pusimos de acuerdo para llamar “silla” a los muebles donde nos sentamos, en lugar de llamarlas “sandía” o “cacatúa”, más que nada porque la función del lenguaje es la comunicación, y resultaba más práctico ponerle una etiqueta unívoca a cada cosa.

Esto del signo lingüístico no lo digo yo, lo dijo Saussure (1916), una eminencia en esto de la filología – aprovecho para recomendar a quien quiera actualizarse que profundice en la maravillosa noción de símbolo lingüístico de Evans y Green (2006), porque las teorías de Saussure merecen un espacio en un museo de antiguallas lingüísticas.

Pero volvamos al lío: si la lengua que usamos nos parece “natural”, es meramente por convención y costumbre, porque hemos acordado ponerle una etiqueta lingüística arbitraria a un concepto determinado, y llevamos repitiendo dicha etiqueta desde que tenemos uso de razón. Así que, si lo piensas fríamente, hablar de “amigues” y “niñes” para referirse a personas es tan ridículo como llamar “silla” a una silla. La única diferencia es la cantidad de tiempo que llevas haciendo lo segundo.

La lengua no cambia porque lo digan unos cuantos

Correcto. La población hispanohablante no va abandonar sus oes y sus aes porque un grupo de modernes pintemos la conflictiva “e” por todas partes. Ahora, también te digo desde ya que la lengua va mucho más rápido que la norma, y que no permanecerá inmutable porque lo digan instituciones prescriptivistas como la RAE.

A lo largo de su historia la RAE ha impulsado numerosas propuestas que han fracasado estrepitosamente. Nos dijeron que “tablavela” y “cedé” por narices, pero preferimos quedarnos con los préstamos windsurfing y CD – se ve que nos tira lo extranjero. También intentó eliminar la “k” de nuestro abecedario a principios del siglo XIX, y no por ello dejamos de echarle kétchup a las patatas ni de cantar en los karaokes.

Toda lengua es un organismo vivo en constante evolución, producto de millones de personas que la manipulan a diario. La lengua cambiará, como lo ha hecho siempre, en función del uso que sus hablantes hagan de ella. El lenguaje inclusivo podrá cuajar o no, pero tengo la sensación de que vamos por buen camino. Después de todo, algo que surge desde la empatía y el respeto no puede ser tan disparatado.

Puedes emplear el lenguaje inclusivo – en cualquiera de sus variantes – o no. En ambos casos, nuestra manera de expresarnos revelará de qué pie cojea cada une.

Buen día a todes.


Bibliografía

  • Carroll, J. (eds.) (1956): Language, Thought and Reality: Selected Writings of Benjamin Lee Whorf. Massachusetts: MIT Press.
  • De Beauvoir, S. (1949): Le deuxième sexe. Paris: Gallimard.
  • De Saussure, F. (1916): Cours de linguistique générale. Lausanne: Payot.
  • Evans, V. & Green, M. (2011 [2006]): Cognitive Linguistics: An Introduction. Edinburgh: Edinburgh University Press.

On Migration, Identity and Colorful Earthlings

If you have moved abroad, the following scenario might sound familiar: you are at a social gathering, sipping your drink and having a pleasant time. You meet a bunch of new people and engage in small talk. You talk about the weather, food or common interests. They seem friendly. Everything is going well.

But the locals notice that something is off. Maybe it’s your appearance, maybe they sense an accent, maybe your body language deviates from the norm. They establish that you are not one of them and, in an attempt to make sense of your otherness, the inevitable question arises:

Illustration showing the protagonist and a blonde woman. The woman asks "Where are you from?".

You realize that the question is somehow flawed. They ask “where are you from”, and I wonder if this is what they picture in their minds:

Venn diagram

But you are not a tourist from country X in country Y. You are not even a long-term guest. In fact, you’ve been away for so long, that right now you are much closer to Y than X. You are at a loss for words.

Illustration showing the protagonist and the woman. The protagonist says "Err...".

In addition, your birthplace, the cultural background of your parents, the place where you were born or the country where you grew up might be totally separate variables. For the sake of simplification, let’s say all those elements can be stacked up in one pile. It still feels wrong to say I’m X. Instead, I picture something like this:

Venn diagram

You are in that green area, fluctuating between two worlds, really belonging to neither. Too foreign here, too alien for home.

Illustration showing the protagonist and the blonde woman. She asks "So?".

The conversational partner seems to be getting impatient. Maybe I could say that I’m both X and Y, and call it a day. It wouldn’t be a lie either, for I am a dual citizen.

I slightly lean back and take a look around. I spot my partner, who happens to be Z, talking to a middle-aged man, fighting the language barrier in order to explain what he does for a living. I know the struggle. We have all been Z at some point. He also puts his cultural luggage on the table, making our household an XYZ home.

Venn diagram

But there’s even more to this equation than just X, Y, Z. There’s also A, B, C, D, E, and all those places where I have lived, all those people that I have met, all those different world views that I have collected over the years.

Venn diagram

The mental diagram keeps growing. With every new added circle, the “me” intersection becomes tinier and darker. So tiny that it feels restrictive. You want to break free, yet don’t know how to put all the pieces together. You are a patchwork of traits, a book where every chapter outlines a different reality. You are part of everywhere and nowhere at the same time.

Illustration showing the protagonist and the blonde woman. She is frowning while the protagonist looks at the reader.

Then the sudden realization strikes. It’s the question that was wrong all along.

You may be from somewhere, yet feel part of something else. Your identity is a fluid construct, a colorful coalescence. You are all the pieces of the puzzle, and those that are yet to come. You don’t have to settle for X when you can be the whole damn alphabet.

Venn diagram

So, next time someone asks where you are from, think big.

Illustration showing the protagonist and the blonde woman. The protagonist says "Planet Earth!".

Dedicated to anyone who has ever felt out of place.

***

I have a lot of thoughts on migration, identity and the arduous path towards a transcultural society, so stay tuned for more illustrated articles. In the meantime, I’d love to hear your views.


Schrödinger’s Immigrant

The human mind functions in mysterious ways. It believes what you want it to believe. Once it’s made up, it will scrape for ideas to support that belief, and it will dismiss every piece of information that contradicts it. It will blindly swallow whatever resonates with it and promptly reject everything that doesn’t.

I can understand that not everyone can be into languages and traveling. Maybe you had a bad experience in French class back in school, maybe you live in a fascinating country and never felt the need to go abroad. And that’s alright.

I can even understand that some people might be afraid of foreigners, diversity, and basically everything that involves a degree of strangeness. We gravitate towards what’s similar. The cultural bubble in which we grew up becomes the standard for “normality”. The mind feels at ease around what’s familiar and certain, and it startles at what’s different and uncanny.

However, being reluctant towards what’s unfamiliar is one thing. Another completely different issue is displaying irrational, latent animosity towards it. Where is this hatred coming from? Did that French class go really wrong? Were these people wronged by foreigners? Do they just have very small penises? So many questions.

I need answers. I ask and listen to their arguments. Their minds are made up, and will cling on to that belief no matter how poorly founded. The mind will recite he same ol’ broken record: “Immigrants destroy our economy. They steal our jobs, increasing the unemployment rate among locals; they are lazy shits who sit around all day leeching off of state benefits”.

Well, hold on a second. Are immigrants ambitious overachievers who take all our jobs, or are they too lazy to work? It took me a long time to unveil the logic behind this argument. Hours of complex thinking and scientific analysis. But don’t worry, I figured it out:

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Now, let’s get serious for a moment. Let’s assume that you did in fact have a horrendous experience with foreigners and your aversion is somehow justified. Let’s focus on the one thing that makes the world go round: money. I’m not an expert in economy (I’m not even good at Math) but I do have a basic understanding of it: those who work pay taxes, and that tax money is used – among other things – to support those who don’t work (retired citizens, children, etc).

Let’s assume that 16 is the legal working age in a given European country. Within the first 16 years, the state spends an average of 150.000 € per person in education and health coverage. Once you reach the legal working age, you can become a cog in the system and contribute to the gold pot with your taxes – although let’s be honest, in reality people start working much later.

When foreigners move to your country, they find jobs, and they start paying taxes from day one. Yes, their taxes aren’t as high as the average local, basically because foreigners are usually paid less, especially at the beginning – Europe loves cheap workforce and has no qualms in downgrading your foreign degrees and qualifications in order to cut expenses. Yes, sometimes their salary is so low that they need additional support, such as reduced housing prices or food aid. Nonetheless, the amount of money that the state spends in these cases is laughably ridiculous compared to that initial capital invested in every national. No country takes in foreigners out of altruism. It’s sad, but it’s true.

So, you can keep hating immigrants as much as you want. You can keep reciting the same ol’ broken record and blaming them for the ailing economy.

But the fact is, your aging country desperately needs them.